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miércoles, 23 de mayo de 2012

TRADICIONES PERUANAS Ricardo Palma



¡ARRE, BORRICO! QUIEN NACIÓ PARA POBRE NO HA DE SER RICO 

Unos dicen que fue en Potosí y otros en Lima donde tuvo origen este popular refrán. Sea de ello lo que fuere, ahí va tal como me lo contaron.

Por los años de 1630 había en la provincia de Huarochirí (voz que significa calzones para el frío, pues el Inca que conquistó esos pueblos pidió semejante abrigo) un indio poseedor de una recua de burros con los que hacía frecuentes viajes a Lima, trayendo papas y quesos para vender en el mercado.

En uno de sus viajes encontróse una piedra que era rosicler o plata maciza. Trájola a Lima, enseñóla a varios españoles, y estos, maravillados de la riqueza de la piedra, hicieron mil agasajos y propuestas al indio para que les revelase su secreto. Este se puso retrechero y se obstinó en no decir dónde se encontraba la mina de que el azar lo había hecho descubridor.

Vuelto a su pueblo, el gobernador, que era un mestizo muy ladino y compadre del indio, le armó la zancadilla.

–Mira, compadre –le dijo–, tú no puedes trabajar la mina sin que los viracochas te maten para quitártela. Denunciémosla entre los dos, que conmigo vas seguro, pues soy autoridad y amigos tengo en palacio.

Tanta era la confi anza del indio en la lealtad del compadre, que aceptó el partido; pero como el infeliz no sabía leer ni escribir, encargóse el mestizo de organizar el expediente, haciéndole creer como artículo de fe que en los decretos de amparo y posesión figuraba el nombre de ambos socios. Así las cosas, amaneció un día el gobernador con gana de adueñarse del tesoro, y le dio un puntapié al indio.

Este llevó su queja por todas partes sin encontrar valedores, porque el mestizo se defendía exhibiendo títulos en los que, según hemos dicho, solo él resultaba propietario. El pastel había sido bien amasado, que el gobernador era uno de aquellos pícaros que no dejan resquicio ni callejuela por donde ser atrapados. Era uno de los que bailan un trompo en la uña y luego dicen que es bromo y no pajita.

Como único recurso aconsejaron almas piadosas al tan traidoramente despojado que se apersonase con su querella ante el virrey del Perú, que lo era entonces el señor conde de Chinchón, y una mañana, apeándose del burro, que dejó en la puerta de palacio, colóse nuestro indio por los corredores de la casa de gobierno, y como quien boca tiene a Roma llega, encamináronlo hasta avistarse con su excelencia, que a la sazón se encontraba en el jardinillo acompañado de su esposa.

Expuso ante él su queja, y el virrey lo oyó media hora sin interrumpirlo, silencio que el indio creía de buen agüero. Al fi n el conde le dio la estocada de muerte, diciéndole que, aunque en la conciencia pública estaba que el mestizo lo había burlado, no había forma legal para despojar a este, que comprobaba su derecho con documento en regla. Y terminó el virrey despidiéndole cariñosamente con estas palabras:

–Resígnate, hijo, y vete con la música a otra parte.

Apurado este desengaño, retiróse mohíno el querellante, montó en su asno y, espoleándolo con los talones, exclamó:

–iArre, borrico! Quien nació para pobre no ha de ser rico.

domingo, 17 de octubre de 2010

TRADICIONES PERUANAS : EL OBISPO CHICHEÑÓ

Nació en Lima, Perú, el 7 de febrero de 1833.Estudió Leyes en la Universidad Mayor de San Marcos.Se interesó desde joven por las lecturas. Se desempeñó en la Armada del Perú, pero debió exiliarse en Chile por cuestiones políticas, en 1861. En 1863 publicó "Anales de la Inquisición en Lima" y a partir de este año comenzaron a ser leídas sus "Tradiciones peruanas".Viajó por Europa y América.

Ocupó el cargo de Secretario del Presidente Balta de Perú (1868-1872), pero después de este período se retiró de la actividad política y se dedicó de lleno a la literatura. En 1872 publicó las primeras "Tradiciones peruanas", recopilación de las que habían aparecido en diarios y revistas hasta entonces.Fue Director de la Biblioteca Nacional de Lima desde 1884 hasta 1912.Falleció en Miraflores el 6 de octubre de 1919.


Lima, como todos los pueblos de la tierra, ha tenido (y tiene) un gran surtido de tipos extravagantes, locos mansos y cándidos. A esta categoría pertenecieron, en los tiempos de la República, Bernardito, Basilio Yegua, Manongo Moñón, Bofetada del Diablo, Saldamando, Cogoy, el Príncipe, Adefesios en misa de una, Felipe la Cochina, y pongo punto por no hacer interminable la nomenclatura.

Por los años de 1780 comía pan en esta ciudad de los reyes un bendito de Dios, a quien pusieron en la pila bautismal el nombre de Ramón. En éste un pobreto de solemnidad, mantenido por la caridad pública, y el hazmerreir de muchachos y gente ociosa. Hombre de pocas palabras, pues para complemento de desdicha era tartamudo, a todo contestaba con un sí, señor, que al pasar por su desdentada boca se convertía en chí cheñó.

El pueblo llegó a olvidar que nuestro hombre se llamaba Ramoncito, y todo Lima lo conocía por Chicheñó, apodo que se ha generalizado después aplicándolo a las personas de carácter benévolo y complaciente que no tienen hiel para proferir una negativa rotunda. Diariamente, y aun tratándose de ministros de Estado, oímos decir en la conversación familiar: «¿Quién? ¿Fulano? ¡Si ese hombre no tiene calzones! Es un Chicheñó».

En el año que hemos apuntado llegaron a Lima, con procedencia directa de Barcelona, dos acaudalados comerciantes catalanes, trayendo un valioso cargamento. Consistía éste en sederías de Manila, paño de San Fernando, alhajas, casullas de lama y brocado, mantos para imágenes y lujosos paramentos de iglesia. Arrendaron un vasto almacén en la calle de Bodegones, adornando una de las vidrieras con pectorales y cruces de brillantes, cálices de oro con incrustaciones de piedras preciosas, anillos, arracadas y otras prendas de rubí, ópalos, zafiros, perlas y esmeraldas. Aquella vidriera fue pecadero de las limeñas y tenaz conflicto para el bolsillo de padres, maridos y galanes.

Ocho días llevaba de abierto el elegante almacén, cuando tres andaluces que vivían en Lima más pelados que ratas de colegio, idearon la manera de apropiarse parte de las alhajas, y para ello ocurrieron al originalísimo expediente que voy a referir.

Después de proveerse de un traje completo de obispo, vistieron con él a Ramoncito, y dos de ellos se plantaron sotana, solideo y sombrero de clérigo.

Acostumbraban los miembros de la Audiencia ir a las diez de la mañana a Palacio en coche de cuatro mulas, según lo dispuesto en una real pragmática.

El conde de Pozos-Dulces D. Melchor Ortiz Rojano era a la sazón primer regente de la Audiencia, y tenía por cochero a un negro, devoto del aguardiente, quien después de dejar a su amo en palacio, fue seducido por los andaluces, que le regalaron media pelucona a fin de que pusiese el carruaje a disposición de ellos.

Acababan de sonar las diez, hora de almuerzo para nuestros antepasados, y las calles próximas a la plaza Mayor estaban casi solitarias, pues los comerciantes cerraban las tiendas a las nueve y media, y seguidos de sus dependientes iban a almorzar en familia. El comercio se reabría a las once.

Los catalanes de Bodegones se hacían llevar con un criado el desayuno a la trastienda del almacén, e iban ya a sentarse a la mesa cuando un lujoso carruaje se detuvo a la puerta. Un paje de aristocrática librea que iba a la zaga del coche abrió la portezuela y bajó el estribo, descendiendo dos clérigos y tras ellos un obispo.

Penetraron los tres en el almacén. Los comerciantes se deshicieron en cortesías, basaron el anillo pastoral y pusieron junto al mostrador silla para su ilustrísima. Uno de los familiares tomó la palabra y dijo:

-Su señoría el señor obispo de Huamanga, de quien soy humilde capellán y secretario, necesita algunas alhajitas para decencia de su persona y de su santa iglesia catedral, y sabiendo que todo lo que ustedes han traído de España es de última moda, ha querido darles la preferencia.

Los comerciantes hicieron, como es de práctica, la apología de sus artículos, garantizando bajo palabra de honor que ellos no daban gato por liebre, y añadiendo que el señor obispo no tendría que arrepentirse por la distinción con que los honraba.

-En primer lugar -continuó el secretario- necesitamos un cáliz de todo lujo para las fiestas solemnes. Su señoría no se para en precios, que no es ningún roñoso.

-¿No es así, ilustrísimo señor?

- Chí, cheñó -contestó el obispo.

Los catalanes sacaron a lucir cálices de primoroso trabajo artístico. Tras los cálices vinieron cruces y pectorales de brillantes, cadena de oro, anillos, alhajas para la Virgen de no sé qué advocación y regalos para las monjitas de Huamanga. La factura subió a quince mil duros mal contados.

Cada prenda que escogían los familiares la enseñaban a su superior, preguntándole:

¿Le gusta a su señoría ilustrísima?

Chí, cheñó -contestaba el obispo.

-Pues al coche.

Y el pajecito cargaba con la alhaja, a la vez que uno de los catalanes apuntaba el precio en un papel.

Llegado el momento del pago, dijo el secretario:

-Iremos por las talegas al palacio arzobispal, que es donde está alojado su señoría, y él nos esperará aquí. Cuestión de quince minutos. ¿No le parece a su señoría ilustrísima?

-Chí, cheñó -respondió el obispo.

Quedando en rehenes tan caracterizado personaje, los comerciantes no tuvieron ni asomo de desconfianza, amén que aquellos no eran estos tiempos de bancos y papel-manteca en que quince mil duros no hacen peso en el bolsillo.

Marchados los familiares, pensaron los comerciantes en el desayuno, y acaso por llenar fórmula de etiqueta dijo uno de ellos:

-¿Nos hará su señoría ilustrísima el honor de acompañarnos a almorzar?

-Chí, cheñó.

Los catalanes enviaron a las volandas al fámulo por algunos platos extraordinarios, y sacaron sus dos mejores botellas de vino para agasajar al príncipe de la Iglesia, que no sólo les dejaba fuerte ganancia en la compra de alhajas, sino que les aseguraba algunos centenares de indulgencias valederas en el otro mundo.

Sentáronse a almorzar, y no los dejó de parecer chocante que el obispo no echase su bendición al pan, ni rezase siquiera en latín, ni por más que ellos se esforzaron en hacerlo conversar, pudieron arrancarle otras palabras que chí, cheñó.

El obispo tragó como un Heliogábalo.

Y entretanto pasaron dos horas, y los familiares con las quince talegas no daban acuerdo de sus personas.

-Para una cuadra que distamos de aquí al palacio arzobispal, es ya mucha la tardanza -dijo, al fin, amoscado uno de los comerciantes. -¡Ni que hubieran ido a Roma por bulas! ¿Le parece a su señoría que vaya a buscar a sus familiares?

-Chí cheñó.

Y calándose el sombrero, salió el catalán desempedrando la calle.

En el palacio arzobispal supo que allí no había huésped mitrado, y que el obispo de Huamanga estaba muy tranquilo en su diócesis cuidando de su rebaño.

El hombre echó a correr vociferando como un loco, alborotose la calle de Bodegones, el almacén se llenó de curiosos para quienes Ramoncito era antiguo conocido, descubriose el pastel, y por vía de anticipo mientras llegaban los alguaciles, la emprendieron los catalanes a mojicones con el obispo de pega.

De eno es añadir que Chicheñó fue a chirona; pero reconocido por tonto de capirote, la justicia lo puso pronto en la calle.

En cuanto a los ladrones, hasta hoy (y ya hace un siglo), que yo sepa, no se ha tenido de ellos noticia.


RICARDO PALMA

jueves, 22 de julio de 2010

MANUEL GONZALES PRADA : EL AMOR


A don Manuel Gonzales Prada se le conoce más bien como la enérgica voz que se alza sobre los escombros de la patria asolada a finales del siglo XIX (ver Discurso en el teatro Politeama), este sin embargo guardaba dentro de sí una vena literaria de sensible tonalidad que mostraba el corazón dulce del fiero polemista.

EL AMOR

(Manuel Gonzales Prada)

Si eres un bien arrebatado al cielo
¿Por qué las dudas, el gemido, el llanto,
la desconfianza, el torcedor quebranto,
las turbias noches de febril desvelo?

Si eres un mal en el terrestre suelo
¿Por qué los goces, la sonrisa, el canto,
las esperanzas, el glorioso encanto,
las visiones de paz y de consuelo?

Si eres nieve, ¿por qué tus vivas llamas?
Si eres llama, ¿por qué tu hielo inerte?
Si eres sombra, ¿por qué la luz derramas?

¿Por qué la sombra, si eres luz querida?
Si eres vida, ¿por qué me das la muerte?
Si eres muerte, ¿por qué me das la vida?

MGP Lima,1848-1918

miércoles, 18 de noviembre de 2009

TRADICIONES PERUANAS : UN CABALLERO DE INDUSTRIA



UN CABALLERO DE INDUSTRIA

Primo tercero del excelentísimo señor virrey D. Manuel Guirior era don Higinio Falcón, clérigo mozo, que con recomendación de su encumbrado deudo, se presentó al obispo de Arequipa solicitando un beneficio eclesiástico. Mientras llegaba la oportunidad de complacerlo, su ilustrísima lo destinó como auxiliar de una de las parroquias con los emolumentos precisos para que se sustentase con modestia.

D. Higinio, que era madrileño y como tal graciosamente decidor, se hizo en breve querer mucho de los arequipeños, por lo alegre y expansivo de su carácter, amén de que traía pasaporte en la cara, que el cleriguito era buen mozo. A los tres meses era ya por lo menos compadre de diez vecinos notables. Un día encontrose necesitado de doscientos duros: ocurriole poner a prueba el afecto de los compadres, y les escribió solicitando de ellos un préstamo. Los unos se excusaron de servirlo, hablándole de la mala cosecha del año, y los otros ni siquiera contestaron a la carta. D. Higinio se tragó el desaire y continuó frecuentando la sociedad de sus compadres, pero decidido a hacerles una que les llegase a la pepita del alma.

Cundió una mañana la noticia de que el clérigo había amanecido gravemente enfermo y acudieron a visitarlo los compadres. En efecto, el estado de D. Higinio era alarmante, y el curandero o matasanos declaró que el doliente las liaba sin vuelta de hoja.

-Cúmplase la voluntad de Dios. Para morir nacimos -murmuró el clérigo-. Compadres, háganme la caridad de llamar a un escribano para hacer mi testamento.

Llegado el depositario de la fe pública, y después de las cláusulas preliminares que poco interés ofrecen, dictó D. Higinio las siguientes que copiamos del documento original:
«Ítem declaro: Que de la venta de mis bienes patrimoniales en la coronada villa de Madrid, he recibido la suma de setenta y dos mil pesos ensayados, los mismos que depositados tengo en Lima en poder de mi primo el excelentísimo señor virrey D. Manuel Guirior, según su recibo legalizado que, con los documentos del caso, se encuentra en el legajo que, sellado y lacrado, se agregará a este testamento.

»Ítem declaro: Que no teniendo herederos forzosos ni deudos, en condición menesterosa, es mi voluntad que los antedichos setenta y dos mil pesos se distribuyan en calidad de legado y a razón de cuatro mil pesos a cada uno de mis ahijados (aquí seguían diez nombres de niños) para su educación y mantenimiento. Y asimismo es mi voluntad que del remanente se repartan diez mil pesos en limosnas para los pobres de Arequipa».

Seguía señalando cantidades para misas, haciendo una fundación devota, y concluía nombrando albaceas a dos de los más ricos entre sus compadres.

Firmado el testamento, cuyas cláusulas, entre quejido y quejido, dictó públicamente el enfermo, los compadres y camaradas no se ocuparon más que de encomiar al moribundo y prodigarle cuidados y asistencia.

Siguió éste tres días entre si amanece o no amanece; pero al cuarto anunció el galeno que la enfermedad hacía crisis favorable, y crisis fue que entró D. Higinio en el período de convalecencia. El hipócrates opinó entonces que para lograr completo restablecimiento necesitaba el enfermo tomar baños en el puerto de Quilca. D. Higinio habló sobre esto con uno de sus compadres, pero añadiendo:
-Me es imposible obedecer al médico, porque para mi viaje y curación en Quilca necesito siquiera quinientos duros, y mientras escribo a Lima para que me los mande el virrey de los que me tiene y mientras llega el comisionado con la respuesta, correrán un par de meses, y cuando el dinero venga ya estaré muy tranquilo en el hoyo.
-¡Ah, no compadre, que por plata no quede! -le contestó el visitante-. Hoy mismo tendrá usted esos reales.
-Gracias, compadre, y no esperaba menos de su bondad; pero por lo que potest, le daré un libramiento contra mi primo.

Y conversación idéntica iba teniendo D. Higinio con los demás compadres, algunos de los cuales, dándola de rumbosos, le dijeron:
-¿Qué va usted a hacer con quinientos pesos? Por si acaso, tome usted mil.
Y el clérigo aceptaba sin hacerse de rogar, firmando libranzas contra el virrey.

Los prestamistas se hacían el siguiente cálculo: «Mi dinero está seguro, que el virrey paga, y gano el que D. Higinio, por gratitud, reforme el testamento mejorando al ahijado».
Dos días después el convaleciente emprendía su viaje a Quilca, llevándose en la maleta más de doscientas peluconas. Los compadres habían tragado el anzuelo. Cuando llegó a descubrirse el embrollo, ya D. Higinio había pasado el Cabo de Hornos.

Obtenido de http://es.wikisource.org/wiki/Un_caballero_de_industria

domingo, 5 de julio de 2009

LA EDUCACION EN LA COLONIA


Educación en la Colonia.

(Herbert Morote)

Pasados los primeros años de pillaje y caos (1532-1537), que se agravaron con la larga y cruel guerra civil entre españoles (1537-1554) y una vez establecida la autoridad de los virreyes, la educación del pueblo que conquistaron quedó en manos de rapaces encomenderos y algunos sacerdotes que nunca fueron suficientes ni dejaron otra enseñanza que el catecismo. “Ora et labora”, reza y trabaja era su principal mensaje. La enseñanza del castellano a los indígenas nunca tuvo una prioridad en la Colonia, la escritura del quechua tampoco estuvo en sus planes.
Mantener al indio en la ignorancia fue, más bien, parte de la estrategia del dominio colonial.

Las instituciones del virreinato funcionaban a “imagen y semejanza” de lo que sucedía en España. Echemos pues una mirada a su situación en el siglo XVI. Carlos V y su hijo Felipe II tuvieron grandes dificultades para hacer de los varios reinos una nación, cada región de España tenía sus leyes, fuero, impuestos, lengua, ejércitos. No existía por tanto un gobierno central que pudiese intervenir en las regiones sin antes obtener de ellas permiso o consenso. Por eso los reyes decidieron apoyar a la iglesia, en especial al Santo Oficio de la Inquisición, que era la única institución que podía intervenir en toda la península sin pedir permiso a las autoridades locales. La iglesia católica dio unidad a España y los reyes se asieron a ella y la fortalecieron sabiendo que cuanto más fuerte fuese la iglesia más fuerte sería la monarquía.

La severa censura impuesta por la Inquisición impidió que los españoles pudiesen tener acceso a los avances científicos y filosóficos que se daban en Francia, Inglaterra, Países Bajos, Austria. Esta situación, añadida a la expulsión en 1492 de judíos y árabes, que eran muchos más avanzados en todas las ramas del saber que los cristianos, hizo que España perdiese su competitividad frente a los países del norte europeo. Dice el historiador español José Luis Abellán* : la Inquisición, que había surgido como garantía de unidad nacional frente a los que quieren romperla, se convierte en coacción frente a la libertad de pensamiento; bajo el pretexto de mantener el orden católico, el Santo Oficio se convierte en máquina fiscalizadora del orbe mental de los españoles. Se impone así un “misoneísmo” generalizado que huye de toda “novedad”, incluida la que un famoso clérigo llamó “la peligrosa novedad de discurrir”.

El daño fue irreparable, salvo un intento fugaz en la Segunda República, España siguió atrasada hasta la muerte de Franco (1975), quien también impuso una censura que impidió la modernización del país.

Siguiendo la línea de la metrópoli, los virreyes del Perú dieron el máximo apoyo a la religión como una manera de controlar a sus compatriotas y sojuzgar a los indios. Otra educación para los indígenas que no fuese religiosa era considera por los gobernantes no sólo innecesaria sino peligrosa.

El profesorado tanto en colegios como en universidades estaba compuesto mayormente por sacerdotes venidos de España. Lógicamente estos maestros no eran representantes de las mejores universidades españolas. El resultado fue que las universidades “estuvieran anquilosadas a uno y otro lado del Atlántico” afirma el catedrático español Luis Perdices Blas en un libro* sobre Olavide que citaremos varias veces en esta parte. La Universidad de San Marcos, por ejemplo, tenía un “plan de estudios en el que predominaban las cátedras de cuestiones sagradas y el carácter de las enseñanzas era el mismo que en las universidades de la metrópoli. Es decir, una ignorancia del progreso filosófico y científico de los países del norte de Europa.

Leamos a un testigo excepcional, Pablo de Olavide (1725- 1803). Este limeño educado en San Marcos, tuvo que huir precipitadamente a los 24 años a España ante el peligro de ser llevado ante la justicia por algunas faltas de dudosa credibilidad. Luego viajó por Italia y Francia donde entabló amistad con los enciclopedistas, en especial con Voltaire con quien después mantuvo larga correspondencia.

De regreso a España ocupó varios importantes cargos durante la Ilustración. Pues bien, esto es lo que escribió Olavide sobre las universidades españolas, que eran nuestros modelos: “Dos espíritus se han apoderado de nuestras Universidades, que han sofocado y sofocarán perpetuamente las Ciencias. El uno es el de partido, o de Escuelas; el otro el Escolástico. Con el primero se han hecho unos cuerpos tiranos, uno de otros, han avasallado a las Universidades, reduciéndolas a una vergonzosa esclavitud y adquiriendo cierta prepotencia que ha extinguido la libertad y emulación. Con el segundo, se han convertido las universidades en establecimientos frívolos e ineptos, pues solo se han ocupado en cuestiones ridículas, en hipótesis quiméricas y distinciones sutiles, abandonando los sólidos conocimientos de las Ciencias prácticas que son las que ilustran al hombre para invenciones útiles, y despreciando aquel Estudio serio de las sublimes, que hace al hombre sincero, modesto y bueno, en vez que de los otros, como fútiles e insustanciales,lo vuelven solo vano y orgulloso”.

No es mi intención seguir la tradición de ensalzar fechas y nombres, más bien desearía afirmar que nuestra educación universitaria en tiempo de la Colonia no fue buena porque era un remedo de la española: teníamos censura, carecíamos de profesores de alto nivel y estábamos desconectados de los progresos de países avanzados.

Es posible que algún lector se encuentre incómodo con lo expresado sobre la educación universitaria en la Colonia; permítanme aclarar el punto: nuestros historiadores hicieron bien en resaltar los nombres y fechas de fundación de universidades y colegios, así como los de ilustres peruanos que destacaron en muchas áreas del saber. Es importante conocerlos, sí, pero no es suficiente porque los historiadores en un afán desmesurado de resaltar nuestro pasado omitieron sus críticas. Por eso nos llenamos la boca diciendo que San Marcos es la más antigua universidad de América como si una fecha fuera un certificado perenne de eficiencia o sabiduría.

En cuanto a la educación que se daba a los curacas, es verdad que existieron esos “colegios” durante el virreinato, sin embargo estos se limitaban a enseñar religión, castellano y el respeto a las ordenanzas que debían cumplir en sus territorios.

Incluso esos “colegios” fueron cerrados por ser peligro de insurrección después de la rebelión de Túpac Amaru. Ahora que estamos en la era de la globalización, es forzoso hacer la siguiente reflexión: así como durante el Imperio Incaico la educación estuvo por encima de los pueblos conocidos por ellos, el país perdió su competitividad durante la Colonia.

El mundo se agrandó para el Perú, sí, pero España no pudo ni supo mantenernos en la cresta del conocimiento; todo lo contrario: caímos con relación a nuestro nuevo mundo: Europa. Ese fue el problema, no otro. En este mundo competitivo no podemos medir la eficacia de nuestra educación con relación al progreso de nosotros mismos, sino con relación a naciones con las que competimos.



miércoles, 13 de mayo de 2009

LOS RATONES DE FRAY MARTIN DE PORRES

(Tomado de "Tradiciones Peruanas" por Don Ricardo Palma Soriano 1833 -1919)

Y comieron en un plato
perro, pericote y gato.

Con este pareado termina una relación de virtudes y milagros que en hoja impresa circuló en Lima, allá por los años de 1840, con motivo de celebrarse en nuestra culta y religiosa capital las solemnes fiestas de beatificación de fray Martín de Porres.

Nació este santo varón en Lima el 9 de diciembre de 1579, y fue hijo natural del español don Juan de Porres, caballero de Alcántara, en una esclava panameña. Muy niño Martincito, llevóle su padre a guayaquil, donde en una escuela, aprendió a leer y escribir. Dos o tres años más tarde su padre regresó con él a Lima y púsolo a aprender el socorrido oficio de barbero y sangrador, en la tienda de un rapista de la calle de Malambo.

Mal se avino Martín con la navaja y la lanceta, si bien salió diestro en su manejo, y optando por la carrera de santo, que en esos tiempos era una profesión como otra cualquiera, vistió a los veintiún años de edad, el hábito de lego o donado en el convento de Santo Domingo, donde murió el 3 de noviembre de 1639 en olor de santidad.

Nuestro paisano Martín de Porres, en vida y después de muerto, hizo milagros por mayor. Hacia milagros con la facilidad con que otros hacen versos. Uno de sus biógrafos (no recuerdo si es el padre Manrique o el médico Valdés) dice que el prior de los dominicos tuvo que prohibirle que siguiera milagreando (dispénsenme el verbo). Y para probar cuán arraigado estaba en el siervo de Dios el espíritu de obediencia, refiere que en momento de pasar fray Martín frente a un andamio, cayóse un albañil desde ocho o diez varas de altura, y que nuestro lego lo detuvo a medio camino gritando: ¡Espere un rato, hermanito! Y el albañil se mantuvo en el aire hasta que regresó fray Martín con la superior licencia.

¿Buenazo el milagrito, eh? Pues donde hay bueno hay mejor.

Ordenó el prior al portentoso donado que comprase, para consumo de la enfermería, un pan de azúcar. Quizá no le dio el dinero preciso para proveerse de la blanca y refinada, y presentósele fray Martín trayendo un pan de azúcar mascabada.

¿No tiene ojos, hermano? -díjole el superior-o ¿No ha visto que por lo prieta más parece chancaca que azúcar?

- No se incomode su paternidad -contestó con cachaza el enfermero-. Con lavar ahora mismo el pan de azúcar se remedia todo.

Y sin dar tiempo a que el prior le arguyese, metió en el agua de la pila el pan de azúcar, sacándolo blanco y seco.

¡Ea! no me haga reír, que tengo partido un labio.

Crecer o reventar. Pero conste que yo no le pongo puñal al pecho para que crea. La libertad ha de ser libre, como dijo un periodista de mi tierra. Y aquí noto que, habiéndome propuesto sólo hablar de los ratones sujetos a la jurisdicción de Fray Martín, el santo se me estaba yendo al cielo. Punto con el introito y al grano, digo, a los ratones.

Fray Martín de Porres tuvo especial predilección por los pericotes, incómodos huéspedes que nos vinieron casi junto con la conquista, pues hasta el año de 1552 no fueron esos animalejos conocidos en el Perú. Llegaron de España en uno de los buques que, con cargamento de bacalao, envió a nuestros puertos un don Gutierrez, obispo de Valencia. Nuestros indios bautizaron a los ratones con el nombre de hucuchas, esto es, salidos del mar.

En los tiempos barberiles de Martín, un pericote era todavía casi una curiosidad, pues, relativamente, la familia ratonesca principiaba a multiplicar. Quizá desde entonces encariñóse por los roedores, y viendo en ellos una obra del Señor es de presumir que diría, estableciendo comparación entre su persona y la "de esos chiquitines, seres, lo que dijo un poeta:

El mismo tiempo malgastó en mí Dios
que en hacer un ratón, o a lo más, dos.

Cuando ya nuestro lego desempeñaba en el convento las funciones de enfermero, los ratones campaban, como moros sin señor en celdas, cocinas y refectorio. Los gatos, que se conocieron en el Perú desde 1537, andaban escasos en la ciudad. Comprobada noticia histórica es la de que los primeros gatos fueron traídos por Montenegro, soldado español, quien vendió uno en el Cuzco y en dos cientos pesos a don Diego de Almagro el Viejo.

Aburridos los frailes con la invasión de roedores inventaron diversas trampas para cazarlos, lo que rarísima vez lograban. Fray Martín puso también en la enfermería una ratonera, y un ratonzuelo bisoño, atraído por el tufillo del queso, se dejó atrapar en ella. Libertólo el lego, y colocándolo en la palma de la mano, le dijo:

- Váyase, hermanito, y diga a sus compañeros que no sean molestos ni nocivos en las celdas; que se vayan a vivir en la huerta, y que yo cuidaré de llevarles alimento cada día.

El embajador cumplió con la embajada, y desde ese momento la ratonil muchitanga abandonó el claustro y se trasladó a la huerta. Por supuesto que fray Martín los visitó todas las mañanas llevando un cesto de desperdicios o provisiones, y que los pericotes acudían como llamados con campanilla.

Mantenía en su celda nuestro buen lego un perro y un gato, y había logrado que ambos animales viviesen en fraternal concordia. Y tanto, que comían juntos en la misma escudilla o plato.

Mirábalos una tarde comer en sana paz, cuando de pronto el perro gruñó y encrespó se el gato.

Era que un ratón, atraído por el olorcillo de la vianda, había osado asomar el hocico fuera de su agujero. Descubriólo fray Martín, y volviéndose hacia el perro y gato, les dijo:

- Cálmense, criaturas del Señor, cálmense. Acercóse en seguida al agujero del muro y dijo:

- Salga sin cuidado, hermano pericote. Paréceme que tiene necesidad de comer: apropíncuese, que no le harán daño.

Y dirigiéndose a los otros dos animales añadió:

- Vaya, hijos, denle siempre un lugarcito al convidado, que Dios da para los tres. Y el ratón, sin hacerse rogar, aceptó el convite, y desde ese día comió en amor y compañía con perro y gato.