domingo, 17 de mayo de 2009

LA EDUCACION EN EL TIEMPO DE LOS INCAS (Herbert Morote)

A diferencia de los aztecas, sus coetáneos, los incas no basaron su expansión en la fuerza y la crueldad -que usaron esporádicamente- sino en la amenaza y negociación.

Así, antes de invadir un territorio, hacían en la frontera una exhibición de sus fuerzas, y una vez aceptada la rendición iniciaban el control administrativo y trasferencia tecnológica, seguida por la educación.

Ya desde el mito de su fundación aparece la educación como base del imperio. Cuenta la tradición que lo primero que hicieron Manco Cápac y Mama Ocllo al fundar Cusco, la capital del futuro imperio, fue “adoctrinar y hacer el bien que Nuestro Padre El Sol manda”. Para eso convocaban a los lugareños y “les decían cómo su Padre El Sol los había enviado del cielo para que fuesen maestros”. La crónica del Inca Garcilaso de la Vega* continúa: “enseñaba nuestro Inca, cómo romper y cultivar la tierra y sembrar mieses, semillas y legumbres (...) para lo cual les enseñó a hacer arados y los demás instrumentos necesarios y les dio orden y manera como sacasen acequias de los arroyos que corren por este valle del Cuzco, hasta enseñarles a hacer este
calzado que traemos. Por otra parte la Reina industriaba a las indias en los oficios mujeriles, a hilar y tejer (...) En suma, ninguna cosa de las que pertenecen a la vida humana dejaron nuestros príncipes de enseñar a los primeros vasallos, haciéndose el Inca Rey maestro de los varones, y la Coya Reina maestra de las mujeres”.

Más adelante Garcilaso cuenta que Manco Cápac además de “enseñarles cosas necesarias para la vida humana, les iba instruyendo en urbanidad, compañía y hermandad que unos a otros se habían de hacer, conforme a los que la razón y la ley natural les enseñaba, persuadiéndoles con mucha eficacia que, para que entre ellos hubiese paz y concordia y no naciesen enojos y pasiones”.

El mito de Manco Cápac quedó ciertamente grabado en la memoria colectiva del imperio, mucho se cuidaron los posteriores incas de respetar esa tradición adoptando la educación como base en la que se sustentó el crecimiento del imperio. Sin duda los Incas se habían dado cuenta de que para crecer y dominar a otros pueblos necesitaban superarlos en todo aspecto. Es así como el Inca Pachacutec, apodado posteriormente el Alejandro de América por la enorme expansión que dio al imperio, proporcionó al mismo tiempo un impulso extraordinario a la educación. Leamos
al cronista Garcilaso: “Este Inca, ante todas las cosas, ennobleció y amplió con grandes honras las escuelas que el Rey Inca Roca fundó en el Cuzco; aumentó el número de los preceptores y maestros; mandó que todos los señores de vasallos, los capitanes y sus hijos, y universalmente todos los indios, de cualquier oficio que fuesen, los soldados y los inferiores a ellos usasen bien la lengua del Cuzco, y que no se diese gobierno, dignidad ni señorío sino al que la supiese muy bien.

"Y porque ley tan provechosa no se hubiera hecho en balde señaló maestros muy sabios de las cosas de los indios, para los hijos del príncipe y de la gente noble, no sólo de Cuzco más también de todas las provincias de su reino”.

La educación, a los nobles que menciona Garcilaso, se impartía en Cusco en una especie de universidad llamada Yachayhuasi (Casa del saber) en la que estudiaban los jóvenes; las mujeres lo hacían en el Acllahuasi (Casa de las vírgenes).

Los cursos de graduación de los varones duraban cuatro años, y en ellos aprendían Hidráulica, Arquitectura, Estadística, Economía, Contabilidad, Historia y Política. Para redondear la educación de la élite, los incas tuvieron cuidado de añadir al currículo materias humanísticas como Música, Poesía y Teatro. Por cierto, los poetas –Haravicus- eran altamente apreciados y respetados. Sólo al término de sus estudios el joven noble era considerado capaz de asumir cargos jerárquicos en el imperio.

La llegada de los conquistadores, principalmente por el tipo de españoles que eran, acabó de golpe con los intelectuales incas, los amautas y las “Casas de Saber”.

La gentuza que vino al Perú fue representante del pueblo español de esos años, y éste, según relataban los viajeros* , era “ignorante y presumido; y sorprendente era la penuria en que vivían los hidalgos y la condición miserable de sus viviendas, de la suciedad de las poblaciones y sus habitantes. Más que livianas fueron las costumbres de aquellos años.

Adornados con esas características, los conquistadores fueron incapaces de apreciar el grado de educación del imperio que conquistaban. El pueblo indígena de inmediato se dio cuenta de que sus nuevos jefes ya no eran maestros que los ayudarían a vivir mejor sino explotadores desalmados a quienes únicamente les interesaba el oro y la plata. La mayor parte de los conquistadores era analfabeta y en muchos de ellos se daban los siete pecados capitales, destacando la avaricia y la ira. Era raro un conquistador que tuviera buenas costumbres; así, en los primeros años acabaron con lo que había demorado siglos construir. Ni siquiera tuvieron la perspicacia para darse cuenta de las ventajas económicas que hubiera supuesto mantener el conocimiento que tenían los incas en diferentes materias, como medicina, hidráulica, ingeniería, y en especial caminos, agricultura, técnica textil.

La rapidez con que se eliminó a la élite incaica fue una gran pérdida para la humanidad. Como los incas no conocían la escritura, todo el conocimiento se trasmitía en forma oral; por eso la desaparición de un amauta era como perder una biblioteca. No podemos dejar de conjeturar la cantidad de conocimientos que hubiéramos heredado si los amautas e intelectuales incas hubieran sido capaces de escribir lo que sabían. De ser así nos hubiéramos enterado de sus métodos de cálculo, conocimientos de arquitectura y de construcción de fortalezas, palacios y
templos que admiramos hasta la fecha. También hubiéramos conocido sus conceptos de urbanismo en la creación de nuevas ciudades, o cómo planearon, diseñaron y construyeron sus caminos que resisten durante siglos los rigores de la naturaleza, lluvias, avalanchas. Hubiéramos aprendido sus métodos de riego, cultivo, rotación de tierras, y conocimientos logísticos de aprovisionamiento, mantenimiento, y control de alimentos.

Otro campo que nos hubiera interesado conocer a fondo es su conocimiento de medicina. Sobre esto último permítanme dar un testimonio familiar: mi hermano Donald Morote, cuando era Jefe de Neurocirugía del Hospital del Empleado, para probar la eficacia de los instrumentos que los incas utilizaban en las trepanaciones craneanas, operó en un par de ocasiones con instrumentos originales incaicos. En ambas operaciones obtuvo el éxito que se esperaba; la prensa de los años 1970 cubrió el evento.

En fin, no pudo ser; de la sabiduría del imperio incaico nos quedamos con información muy sucinta y de segunda mano hecha por cronistas mestizos o indígenas que no vivieron en la época de los incas ni fueron educados en la Casa de Saber. Sus crónicas, valiosísimas en cuanto a la narración de la conquista, no pudieron trasmitir el conocimiento del imperio. El mestizo Inca Garcilaso de la Vega, nuestro mejor cronista, nació en Cusco cinco años después de la fundación española de esa ciudad, es decir cuando ya había desaparecido la intelectualidad incaica.

Sin embargo, Garcilaso fue testigo en su niñez de comentarios que sobre el pasado se hacían en su casa materna; ya adolescente pasó a ser educado bajo la tutela española en Cusco de la que salió a los veinte años en dirección a España para nunca más regresar. Los Comentarios Reales los escribió en su vejez basado en sus recuerdos y los escritos de cronistas españoles que vivieron más tiempo que él en Perú, pero que no fueron lo suficientemente educados para apreciar la cultura incaica. De lo que sí escribieron mucho los cronistas españoles fue de las proezas
militares de los conquistadores y sus luchas fratricidas.

Entonces, ¿qué herencia sobre educación nos quedó del Imperio Incaico? La magnitud del imperio, sus restos monumentales, la cerámica, los tejidos, la red de caminos que hasta ahora apreciamos justifican que pensemos que era una civilización avanzada que no pudo llegar a ese grado de desarrollo sin haber tenido un sistema educativo eficiente. Este logro se debe sin la menor duda a sus maestros, los amautas, la piedra fundamental del imperio que recibió desde su fundación la más alta prioridad en los planes del gobierno. Pero creo que hay algo más que nos dejaron los incas, y es el afán por aprender: basta ver los sacrificios que hacen las familias de hoy por educar a sus hijos, y éstos mismos el interés que ponen por ingresar en alguna universidad, ambiciones que se frustran por causas ajenas a sus deseos. Nadie duda de que los jóvenes peruanos deseen aprender, ir a un buen colegio, tener libros y buenos maestros. Tomaremos este punto más adelante.

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